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El zigurat de la ciudad de Ur es uno de los que mejor se ha conservado gracias a
que después de su destrucción, por los acadios, el rey Nabucodonosor II lo mandó
reconstruir. El templo constaba de siete plantas y en la terraza se encontraba
el santuario. Se cree que en la reconstrucción, se intentó copiar la famosa
torre de Babel, hoy destruida. A la última planta se accedía por interminables y
estrechas escalinatas que rodeaban los muros.
La arquitectura monumental aqueménida retomó las formas babilónicas y asirias
con la monumentalidad egipcia y el dinamismo griego. Los primeros palacios de
Pasargada de Ciro el Grande (559-530) poseían salas de doble hilera de columnas
con capiteles en forma de cabeza de toro de influencia jónica. Para centralizar
el poder, Darío (522-486) transformó en capitales administrativas y religiosas a
Susa y Persépolis respectivamente. Sus palacios fueron los últimos testimonios
de la arquitectura oriental antigua.
En cuanto a las tumbas, los monarcas aqueménidas, que no siguieron la tradición
zoroástrica de exponer sus cadáveres a las aves de rapiña, excavaron fastuosos
monumentos funerarios en las rocas de montañas sagradas. Una de las más
conocidas es la tumba de Darío I, en la ladera del monte Hussein-Kuh. Su fachada
imita el portal de un palacio, y se halla coronada con el disco del dios Ahura
Mazda. Este fue el modelo seguido posteriormente en las necrópolis. (Articulo enviado por:
SEYNI GUZMAN. Email:
sealguz21@yahoo.com)
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